Bien conocida es la correlación entre el
aumento de los sentimientos de nulidad y de impotencia pública en individuos y
en comunidades y el incremento de las necesidades de satisfacción del
narcisismo colectivo, por sustituto o por compensación. Esto es lo que hoy se
está explotando sin rebozo y a mansalva entre las democracias de Occidente; las
ciudadanías de las democracias, prácticamente excluidas de un efectivo
ejercicio de la voz y el voto en la política, relevadas del ejercicio de su
soberanía, reducidas en sus atribuciones y competencias públicas a la estrecha
y mezquina esfera de lo privado y de lo doméstico, serán terreno abonado para
el surgimiento y la entronización de adalides capaces de proporcionarles puras
satisfacciones autoafirmativas, a semejanza de un campeón olímpico. El
neonacionalismo puede con todo rigor denominarse patriotismo deportivo,
por cuanto por fundamento de adhesión y participación tiene los mismos,
incondicionados rasgos de amoralidad que presiden la opción de hacerse partisano
de un equipo y no de otro cualquiera (ya que, por definición, ningún equipo de
fútbol tiene por contenido la defensa de causa externa alguna, sino tan sólo la
interna y redundante de su propia victoria); su deportiva amoralidad llegó a
expresarse sin equívocos: «Lo único malo de las guerras es perderlas».
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