domingo, 8 de marzo de 2020

12, Del enriquecimiento del empresario a la ‘creación de riqueza’.




   
   Glosa del libro La gran transformación de Karl Polanyi: en un pasaje de su obra, escribe lo siguiente: «Sólo la civilización del siglo XIX fue económica en un sentido diferente y distintivo, porque eligió basarse en un motivo que rara vez es reconocido como válido en la historia de las sociedades humanas, y que ciertamente nunca fue elevado antes al nivel de un justificativo de acción y conducta en la vida cotidiana, a saber, la ganancia [...]. El mecanismo que el motivo ganancia puso en movimiento fue comparable en eficacia sólo a los estallidos de fervor religioso más violentos de la historia».

   Una vez que los rasgos del burgués emprendedor habían sido universalizados sincrónica y diacrónicamente como los rasgos del hombre, el propio empresario burgués quedó escondido detrás de su universalización en el personaje alegórico de ‘El Hombre’: ‘el animal que inventa, emprende y se supera’; la empresa del empresario pasó, a su vez, a camuflarse tras su correspondiente universalización; tomando la alegórica veste de ‘La Gran Empresa de la Humanidad’, y el enriquecimiento empresarial fue despersonalizado como ‘creación de riqueza’, sin más determinaciones, como un interés universal humano. Y así como fue universalizado el sujeto con sus intereses también lo fue su dios: el auge de la empresa se trocó en el ‘Progreso’, dios de todos, igualmente benéfico para todos.

   Puesto que el universal se había erigido en instancia dirimente, se trataba ya de que las naciones, extraindividualmente consideradas, o aun la humanidad, aprovechasen mediante el progreso las riquezas inexplotadas de la tierra; la creación de riqueza, como principio autosuficiente, esto es, abstraído de cualquier determinación de destinatario, era mirada como una empresa común a todos los hombres, a la que se subordinaban como meras circunstancias contingentes las diferencias de papel entre el empresario y el asalariado, entre el capitalista y el trabajador; todos a una eran, indiscriminadamente, ‘el hombre que progresa’, unidos por algo muy superior a lo que, modernamente, entendemos por un “pacto social”, por su convergencia esencial en un unívoco y universal programa humano (convergencia que se vería reducida en el mejor de los casos a pacto social, cuando la evidencia de la lucha de clases, o ‑por no usar palabras escabrosas‑ de ciertos conflictos de intereses entre el capitalista y el trabajador, vino a resquebrajar un tanto el panorama).

   Habida cuenta, pues, de que se razonaba en tal suerte de términos universales y no se trataba, por tanto, de la empresa del empresario sino de “La Empresa de la Humanidad”, la falta de ductilidad de algunos para convertirse en mano de obra de actividades hasta entonces extrañas a su vida no podía ser considerada como una mera condición, como una diferencia caracteriológica, etnológica, geográfica o cultural, sino como una deficiencia humana en general: a aquel hombre le pasaba alguna cosa, porque no respondía a los rasgos prescritos y precocinados como propios de la humanidad universal.

   Se hablaba de él como de una especie de enfermedad social, se hablaba de “desidia”, de “apatía”: «la apatía en que están sumergidos». Así pues, un estado de humanidad enferma del que había que sacar a esas gentes, incluso quirúrgicamente, cirugía que no era, por cierto, la aberración que desbordaba unos presuntos límites “sanos” del Progreso, sino la zona crítica en que el programa entero del Progreso se ponía en evidencia, descubriendo su íntima verdad; y los hechos se han encargado de demostrar después hasta qué punto la cirugía del desarraigo obligatorio, de la destrucción demográfica y social, no era la excepción sino la regla, hasta qué punto la Revolución Industrial ha llevado adelante su programa precisamente a golpes de semejante cirugía. ¿No son precisamente el desarraigo, la disponibilidad, la versatilidad y la adaptación las cuatro primerísimas virtudes que ha de reunir el hombre de la sociedad industrial?

   Pero habiendo ya impuesto el capitalismo su particular modelo humano por modelo del hombre universal, aquella particular idiosincrasia de las gentes se habría de ver diagnosticada ahora ‑conforme al taxativo y excluyente criterio de salud humana universal‑ como una especie de enfermedad colectiva en que podían caer algunos pueblos, un cierto estado mórbido de postración social, sintomáticamente caracterizado por una denodada fobia hacia los diversos oficios.

   Así, las críticas que, poco más adelante, Polanyi refiere a la filosofía liberal del siglo XIX: «En punto alguno ha fallado tan notablemente la filosofía liberal como en la comprensión del problema del cambio. Inflamada por una fe emocional en la espontaneidad, la actitud de sentido común hacia el cambio fue descartada en favor de una disposición mística a aceptar las consecuencias sociales de la mejora económica, cualesquiera que fuesen [...] verdades elementales del arte de gobernar tradicional, que con frecuencia reflejaban las enseñanzas de una filosofía social heredada de los antiguos, fueron borradas [...] de los pensamientos de la gente educada, con el ácido de un crudo utilitarismo combinado con una confianza poco crítica en las supuestas virtudes curativas del crecimiento inconsciente». [...] «El descubrimiento sobresaliente de las recientes investigaciones históricas y antropológicas es que la economía del hombre, por regla general, queda sumergida entre sus relaciones sociales. No obra para proteger su interés individual en la posesión de bienes materiales; obra en forma de proteger su posición social, sus ambiciones sociales, su caudal social [...]. Esos intereses serán muy distintos en una pequeña comunidad pesquera o cazadora de los existentes en una vasta sociedad despótica, pero en cada caso el sistema económico será regido conforme a motivos no económicos».

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