El liberalismo se
encuentra en una etapa en que no puede ceder en lo fundamental, aunque ceda,
algunas veces, en lo accesorio. Por lo demás, su sistema de defensa es el mismo
que el de la Iglesia Católica: lanzar el anatema contra toda disconformidad y
toda crítica. Los liberales se propusieron, y lo consiguieron, desarbolar aún
más la identidad de clase de la clase obrera lanzando una ambiciosa campaña de
créditos fáciles a fin de que los trabajadores se convirtiesen en endeudados
pero infulosos propietarios de los pisos de protección en los que vivían.
Comenzaron a convertir, a través de Los Medios de Formación de Masas, los
restos pobres que quedaban del viejo proletariado en el conjunto de parodias
televisivas, reportajes distorsionados y chistes de mal gusto que hoy conforman
el estereotipo en el que vivimos: lo chabacano.
Ω
La acelerante marcha
de la producción y el desarrollo no se defiende ya, en verdad,
por ningunas razones positivas, sino por la exclusivamente negativa de la
tremenda catástrofe que acarrearía un guachapazo generalizado del sistema,
cuyas primeras víctimas serían, por otra parte, los que están “fidelizados” por
la cruda subsistencia, tal como ya en el entre siglo XVII‑XIX Jovellanos o
Townsend, por ejemplo, propugnaban fidelizar a la baja ‑ya que los perros
callejeros se fidelizan con mendrugos‑ a la naciente clase obrera, igual que
hoy los stock options fidelizan al alza a los ejecutivos.
Ω
La confianza en una
economía de mercado en la que el consumidor es soberano es uno de los mayores
fraudes de nuestra época. La verdad es que nadie intenta vender nada sin
procurar también dirigir y controlar su respuesta.
Ω
La demencia de la hoy
omnipotente racionalidad económica se cumple en la contradicción de perpetuar
renovadamente, contra su propia promesa proclamada, aquella misma configuración
de la vida humana que tenía por designio hacer innecesaria.
Ω
La ideología liberal,
tachándolas de miopía, egoísmo y mezquindad, se arroga, ante las demás ideas,
el papel clave de la verdad de cada una, no siendo ellas por sí mismas más que
lo aparente, lo superficial, lo pintoresco y, negativamente, lo inconsciente,
lo mendaz, lo inexplicado, frente a lo cual ella se alza por conciencia, por
desmentido y por explicación. Así, La Ideología Liberal, a imagen y
semejanza del Dios monoteísta, se pretende la única que es, frente a la
inesencia, la vanidad, el engaño y la mentira de lo particular.
Ω
Lo que uno más teme del universalismo político no es su efecto en la
amistad, sino en la enemistad: la amenaza de radicalizar ‑al elevarlo “a escala
planetaria”, como diría un periodista‑ precisamente lo mismo que reprocha a los
nacionalismos: la identificación de ‘extraño’ y ‘enemigo’. Cuando esa nueva y
única pertenencia abstracta de la universalidad llegase, como es muy de temer,
a constituirse en criterio excluyente de ‘lo humano’, la condición de extraño podría absolutizarse
hasta el extremo de considerar ‘no humanos’ a quienes no se integrasen en su Ciudad del Sol.
Ω
En los mismos medios
de comunicación se desplazan hoy los actores políticos jugando su rol
hegemónico en la construcción de sentido en tanto perpetran el secuestro de
nuestra moral. La fe pública violada ha engendrado las condiciones para el
desprestigio de lo político y con ello el de nuestras instituciones, qué puede
extrañar entonces del robo hormiga de las grandes transnacionales, la extorsión
“irrepresentable”, sólo cognoscible por medio de una compleja organización
multinacional articulada según un modelo gansteril. Nuestra vida cotidiana esta
así signada por las abusivas relaciones mercantiles que experimentan una
creciente densidad así como una significativa disminución de las relaciones
interpersonales sin fines de lucro.
Ω
¿Qué es la economía? ¿La organización, el reparto de la
producción en función de las poblaciones de su bienestar? ¿O bien la
utilización o el arrinconamiento de las poblaciones según fluctuaciones
financieras caóticas, sin vínculo entre ellas, pero exclusivamente ligadas al
beneficio, en detrimento de los pueblos? ¿Estamos aquí ante una verdadera
economía o, por el contrario, ante su negación?
Ω
Si de pronto
borrásemos la innumerable variedad de marcas y modelos de cada uno de los
productos que la incesante, omnipresente y ensordecedora actividad publicitaria
les está suplicando, noche y día, adquirir a los siempre insaciados hijos
del mercado o se les antoja desear o tan siquiera ocurrírseles que puedan
desear, podríamos ver a cambio de qué reducido y miserable puñadito de
adminículos y utilitarias inutilidades han renunciado los humanos a la
holganza y al placer. Si los fenómenos específicos de la publicidad en sí misma
son necesariamente muy modernos, en modo alguno lo son ciertos ‘valores’ (que
son siempre, que nadie se despiste, “valores de cambio”, como lo es, por lo
demás, de uno u otro modo, incluso en su acepción más noble ‑y para mí
más repelente‑, el propio concepto de ‘valor’), que la publicidad trata a
menudo, desesperadamente, de salvar de la creciente reproductividad universal
de cualquier cosa, curiosamente desarrollada por la industria productora de
productos con tan extremo grado de simultaneidad y paralelismo con el
desarrollo de la industria productora de consumidores que el mero olor de una
tal concomitancia no puede dejar de hacerla altamente sospechosa de
complicidad.
Ω
A veces he imaginado
que los peores horrores de la vieja industrialización son concepciones en negro
ladrillo, hierro oxidado, vapores de azufre y gran parte de la desesperación
interior de la gente. Al igual que como nuestra industria, tan limpia y suave,
tan tediosa y nociva, representa el mundo interior de su nueva gente, en la que
no hay desesperación porque jamás hubo esperanza alguna, porque en verdad no
hay sentimiento profundo de ninguna clase.
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