martes, 10 de marzo de 2020

13, Cosas del liberalismo



El liberalismo se encuentra en una etapa en que no puede ceder en lo fundamental, aunque ceda, algunas veces, en lo accesorio. Por lo demás, su sistema de defensa es el mismo que el de la Iglesia Católica: lanzar el anatema contra toda disconformidad y toda crítica. Los liberales se propusieron, y lo consiguieron, desarbolar aún más la identidad de clase de la clase obrera lanzando una ambiciosa campaña de créditos fáciles a fin de que los trabajadores se convirtiesen en endeudados pero infulosos propietarios de los pisos de protección en los que vivían. Comenzaron a convertir, a través de Los Medios de Formación de Masas, los restos pobres que quedaban del viejo proletariado en el conjunto de parodias televisivas, reportajes distorsionados y chistes de mal gusto que hoy conforman el estereotipo en el que vivimos: lo chabacano.
La acelerante marcha de la producción y el desarrollo no se defiende ya, en verdad, por ningunas razones positivas, sino por la exclusivamente negativa de la tremenda catástrofe que acarrearía un guachapazo generalizado del sistema, cuyas primeras víctimas serían, por otra parte, los que están “fidelizados” por la cruda subsistencia, tal como ya en el entre siglo XVII‑XIX Jovellanos o Townsend, por ejemplo, propugnaban fidelizar a la baja ‑ya que los perros callejeros se fidelizan con mendrugos‑ a la naciente clase obrera, igual que hoy los stock options fidelizan al alza a los ejecutivos.
La confianza en una economía de mercado en la que el consumidor es soberano es uno de los mayores fraudes de nuestra época. La verdad es que nadie intenta vender nada sin procurar también dirigir y controlar su respuesta.
La demencia de la hoy omnipotente racionalidad económica se cumple en la contradicción de perpetuar renovadamente, contra su propia promesa proclamada, aquella misma configuración de la vida humana que tenía por designio hacer innecesaria.
La ideología liberal, tachándolas de miopía, egoísmo y mezquindad, se arroga, ante las demás ideas, el papel clave de la verdad de cada una, no siendo ellas por sí mismas más que lo aparente, lo superficial, lo pintoresco y, negativamente, lo inconsciente, lo mendaz, lo inexplicado, frente a lo cual ella se alza por conciencia, por desmentido y por explicación. Así, La Ideología Liberal, a imagen y semejanza del Dios monoteísta, se pretende la única que es, frente a la inesencia, la vanidad, el engaño y la mentira de lo particular.
Lo que uno más teme del universalismo político no es su efecto en la amistad, sino en la enemistad: la amenaza de radicalizar ‑al elevarlo “a escala planetaria”, como diría un periodista‑ precisamente lo mismo que reprocha a los nacionalismos: la identificación de ‘extraño’ y ‘enemigo’. Cuando esa nueva y única pertenencia abstracta de la universalidad llegase, como es muy de temer, a constituirse en criterio excluyente de ‘lo humano’, la condición de extraño podría absolutizarse hasta el extremo de considerar ‘no humanos’ a quienes no se integrasen en su Ciudad del Sol.
En los mismos medios de comunicación se desplazan hoy los actores políticos jugando su rol hegemónico en la construcción de sentido en tanto perpetran el secuestro de nuestra moral. La fe pública violada ha engendrado las condiciones para el desprestigio de lo político y con ello el de nuestras instituciones, qué puede extrañar entonces del robo hormiga de las grandes transnacionales, la extorsión “irrepresentable”, sólo cognoscible por medio de una compleja organización multinacional articulada según un modelo gansteril. Nuestra vida cotidiana esta así signada por las abusivas relaciones mercantiles que experimentan una creciente densidad así como una significativa disminución de las relaciones interpersonales sin fines de lucro.
¿Qué es la economía? ¿La organización, el reparto de la producción en función de las poblaciones de su bienestar? ¿O bien la utilización o el arrinconamiento de las poblaciones según fluctuaciones financieras caóticas, sin vínculo entre ellas, pero exclusivamente ligadas al beneficio, en detrimento de los pueblos? ¿Estamos aquí ante una verdadera economía o, por el contrario, ante su negación?
Si de pronto borrásemos la innumerable variedad de marcas y modelos de cada uno de los productos que la incesante, omnipresente y ensordecedora actividad publicitaria les está suplicando, noche y día, adquirir a los siempre insaciados hijos del mercado o se les antoja desear o tan siquiera ocurrírseles que puedan desear, podríamos ver a cambio de qué reducido y miserable puñadito de adminículos y utilitarias inutilidades han renunciado los humanos a la holganza y al placer. Si los fenómenos específicos de la publicidad en sí misma son necesariamente muy modernos, en modo alguno lo son ciertos ‘valores’ (que son siempre, que nadie se despiste, “valores de cambio”, como lo es, por lo demás, de uno u otro modo, incluso en su acepción más noble ‑y para mí más repelente‑, el propio concepto de ‘valor’), que la publicidad trata a menudo, desesperadamente, de salvar de la creciente reproductividad universal de cualquier cosa, curiosamente desarrollada por la industria productora de productos con tan extremo grado de simultaneidad y paralelismo con el desarrollo de la industria productora de consumidores que el mero olor de una tal concomitancia no puede dejar de hacerla altamente sospechosa de complicidad.
A veces he imaginado que los peores horrores de la vieja industrialización son concepciones en negro ladrillo, hierro oxidado, vapores de azufre y gran parte de la desesperación interior de la gente. Al igual que como nuestra industria, tan limpia y suave, tan tediosa y nociva, representa el mundo interior de su nueva gente, en la que no hay desesperación porque jamás hubo esperanza alguna, porque en verdad no hay sentimiento profundo de ninguna clase.


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