Es muy difícil de llevar a cabo, de oponerse a
una presión social interiorizada: el bautismo infantil no sólo lesiona el
derecho fundamental de la libertad de religión sino que también lesiona el
derecho del niño al desarrollo libre de su personalidad. En lugar de ayudar al
niño a potenciar su autonomía, con el bautismo los padres sellan la falta de
libertad aducida socialmente. La ideología del derecho paternal se manifiesta
como un canto a la sociedad de los más fuertes: la supremacía física pasa a
convertirse en instancia psicológico‑moral. El camino de l@s nin@s a la pila
bautismal de la Iglesia nos dice que en nuestra sociedad el derecho de
autodeterminación de la persona no se sostiene. En el bautismo de niñ@s se
anticipa, de manera forzada, la deseada identificación de l@s niñ@s con el
colectivo: l@s recién nacid@s son obligad@s desde el primer instante a
colaborar. El bautismo de l@s niñ@s, como acto de nivelación de clases, se
alimenta de una violencia latente que procede de esa manía de la Iglesia en
contra de lo otro y lo distinto.
El hombre tiene que creer antes de que
comience a pensar, y luego tiene que racionalizar lo que la iglesia
enseña. No, no hay que pensar. ¡Hay que repetir maquinalmente!, ¡repetir
maquinalmente es un insulto, pero creer como la Iglesia no! L@s lactantes
son el objeto ideal de violación para la Iglesia. «Los niños son aptos mediante
la potentia oboedientialis para aceptar los efectos del bautismo
y, al mismo tiempo, se elimina el ponerles impedimento alguno (obex gratiae)».
La mayoría tiene la religión que ya tenían sus padres, sus abuelos, sus
tartarabuelos, su fe es hereditaria, una desgracia familiar. «Serían muy
pocos», dice el párroco Jean Meslier (un apóstata) y cuyo testamento literario
editó en parte Voltaire en 1764, «quienes tuvieran un Dios si alguien no se
hubiera preocupado de darles uno».

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