lunes, 2 de marzo de 2020

10, El bautismo y la castración de l@s niñ@s



Es muy difícil de llevar a cabo, de oponerse a una presión social interiorizada: el bautismo infantil no sólo lesiona el derecho fundamental de la libertad de religión sino que también lesiona el derecho del niño al desarrollo libre de su personalidad. En lugar de ayudar al niño a potenciar su autonomía, con el bautismo los padres sellan la falta de libertad aducida socialmente. La ideología del derecho paternal se manifiesta como un canto a la sociedad de los más fuertes: la supremacía física pasa a convertirse en instancia psicológico‑moral. El camino de l@s nin@s a la pila bautismal de la Iglesia nos dice que en nuestra sociedad el derecho de autodeterminación de la persona no se sostiene. En el bautismo de niñ@s se anticipa, de manera forzada, la deseada identificación de l@s niñ@s con el colectivo: l@s recién nacid@s son obligad@s desde el primer instante a colaborar. El bautismo de l@s niñ@s, como acto de nivelación de clases, se alimenta de una violencia latente que procede de esa manía de la Iglesia en contra de lo otro y lo distinto.

El hombre tiene que creer antes de que comience a pensar, y luego tiene que racionalizar lo que la iglesia enseña. No, no hay que pensar. ¡Hay que repetir maquinalmente!, ¡repetir maquinalmente es un insulto, pero creer como la Iglesia no! L@s lactantes son el objeto ideal de violación para la Iglesia. «Los niños son aptos mediante la potentia oboedientialis para aceptar los efectos del bautismo y, al mismo tiempo, se elimina el ponerles impedimento alguno (obex gratiae)». La mayoría tiene la religión que ya tenían sus padres, sus abuelos, sus tartarabuelos, su fe es hereditaria, una desgracia familiar. «Serían muy pocos», dice el párroco Jean Meslier (un apóstata) y cuyo testamento literario editó en parte Voltaire en 1764, «quienes tuvieran un Dios si alguien no se hubiera preocupado de darles uno».

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